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RECORDANDO Al hombre que dibujó A la Argentina rural AL CUMPLIRSE 135 años de su nacimiento Legado de Molina Campos 19/09/2026 - El 21 de agosto de 1891 nació en la ciudad de Buenos Aires Florencio de los Ángeles Molina Campos, uno de los artistas más populares y queridos de la cultura argentina. Con un estilo inconfundible, poblado de gauchos, paisanos, pulperías, domas, fiestas camperas y escenas rurales cargadas de humor, logró construir un imaginario que aún hoy forma parte de la memoria colectiva del país. Al cumplirse 135 años de su nacimiento, la Secretaría de Cultura recuerda al artista que, con humor y sensibilidad, retrató las costumbres, los paisajes y los personajes de nuestro país, en una obra fundamental del patrimonio cultural nacional. |
EMBLEMA DEL BARRIO
Nombre dado por Ordenanza N° 26.607, Boletín Municipal 14.288 del 04/05/1972. Límites: Av. Juan B. Alberdi, Escalada, Av. Castañares, Lacarra, Av Tte. Gral. Luis J. Dellepiane, Portela, Av. Directorio y Mariano Acosta. Población total: 54.191 Hombres: 25.484 Mujeres: 28.707 Superficie: 5,1 Km2 Densidad poblacional: 10.614 Hab/km2 (Censo del 1º de julio de 2001 ) |
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Aunque era porteño, siempre sostuvo que su verdadera escuela había sido el campo argentino. Durante su infancia pasó largas temporadas en las estancias familiares de General Madariaga y Chajarí, donde observó de cerca la vida de los trabajadores rurales, sus costumbres, formas de hablar y modos de relacionarse. Aquellas experiencias marcarían para siempre su mirada artística. “Simplemente quiero captar y perpetuar en mi obra todo lo que hay de interesante y pintoresco en ese gauchaje que pronto será sólo un recuerdo, una leyenda”, expresó alguna vez el artista, dejando en claro el sentido documental y afectivo de su trabajo.
Una de las anécdotas más recordadas de su infancia ocurrió durante unas vacaciones en el campo. Una inundación obligó a prolongar su estadía y, para combatir el aburrimiento de los días de lluvia, comenzó a dibujar las escenas que observaba a su alrededor. Tenía apenas nueve años. Entre los personajes que más llamaron su atención estaba Tiléforo Areco, capataz de la estancia familiar, quien se convertiría con los años en el protagonista recurrente de muchas de sus obras. Aquellos dibujos tempranos fueron la incipiente semilla de una producción artística que, décadas más tarde, alcanzaría una enorme popularidad. Autodidacta, Molina Campos desarrolló una técnica propia basada en la observación minuciosa de la naturaleza y de los personajes rurales. Solía comenzar sus pinturas por los cielos, luego incorporaba las figuras y dejaba para el final los ojos de los personajes, convencido de que allí residía buena parte de su expresividad. Su primera gran oportunidad llegó en 1926, cuando presentó la muestra Motivos Gauchos (Caricaturas) en la Exposición Nacional de Ganadería de la Sociedad Rural Argentina. El éxito fue inmediato. Entre los visitantes se encontraba el entonces presidente Marcelo T. de Alvear, quien adquirió dos de sus obras. Para el artista, aquel acontecimiento representó “el primer triunfo” de su vida.
La consagración popular llegaría pocos años después. En 1930, la firma Alpargatas le encargó doce pinturas para ilustrar su calendario de 1931. Lo que comenzó como una colaboración comercial terminó convirtiéndose en uno de los fenómenos culturales más importantes de la época. Se calcula que cerca de 18 millones de láminas con sus ilustraciones circularon por todo el país. Los almanaques colgaban en almacenes, estaciones ferroviarias, pulperías, talleres y hogares, llevando sus personajes a cada rincón. A través de esas imágenes, Molina Campos logró algo inédito: acercar el arte a públicos masivos y convertir al gaucho en un protagonista cotidiano de la cultura visual argentina.
Lejos de las representaciones solemnes del mundo rural, Molina Campos eligió la caricatura y el humor para mostrar a sus personajes. Sus gauchos aparecían con rasgos exagerados, situaciones desopilantes y expresiones llenas de humanidad. Ante quienes cuestionaban si los paisanos podían sentirse ofendidos por esas representaciones, respondía con una frase que se hizo célebre: “Es muy sencillo. El que mira el cuadro nunca se ve a sí mismo sino a un amigo o conocido. Y eso, claro, le hace gracia”. Su mirada nunca fue burlona. Por el contrario, detrás de cada escena existía una profunda admiración por las tradiciones populares y por los hombres y mujeres del campo. |
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La fama de Molina Campos cruzó fronteras. En 1937 viajó a Estados Unidos con una beca de la Comisión Nacional de Cultura y al año siguiente expuso en Nueva York. Sus obras despertaron el interés de importantes coleccionistas, instituciones y empresas norteamericanas. En 1941, Walt Disney llegó a la Argentina intrigado por aquellas “cosas curiosas” que aparecían en los cuadros del artista. El encuentro entre ambos se produjo poco después en Río de Janeiro y derivó en una colaboración profesional. Molina Campos fue contratado como asesor técnico para producciones animadas inspiradas en la cultura sudamericana. Sin embargo, la relación no estuvo exenta de tensiones. El pintor consideraba que algunas representaciones deformaban excesivamente las costumbres criollas y terminaban caricaturizando de manera injusta al gaucho. Su defensa de la identidad cultural argentina terminó prevaleciendo sobre los intereses comerciales de Hollywood.
Molina Campos asumió un compromiso activo con la preservación del patrimonio cultural argentino. Recorrió pueblos y parajes rurales junto a su esposa Elvirita, participando de fiestas populares, jineteadas, casamientos y reuniones campestres para documentar formas de vida que consideraba amenazadas por el paso del tiempo. Su preocupación por transmitir esos valores quedó reflejada en una de sus declaraciones más recordadas: “Yo le diría a los escritores, a los músicos, a los pintores: vayan a la pampa, a los montes, a las sierras y recojan nuestro inmenso caudal disperso, que aún está a tiempo para salvar el folclore nativo”. Ese compromiso también se expresó en la creación de una escuela rural en su chacra de Moreno, inaugurada en 1955 para los hijos de familias trabajadoras de la zona.
Florencio Molina Campos falleció el 16 de noviembre de 1959, pero su obra continúa ocupando un lugar central en la cultura argentina. Sus pinturas forman parte de colecciones públicas y privadas, sus personajes siguen inspirando espectáculos, publicaciones y exposiciones, y sus imágenes permanecen asociadas a una forma entrañable de entender la identidad nacional. En los últimos años, el legado de Florencio Molina Campos fue objeto de un importante proceso de recuperación patrimonial en el partido bonaerense de Moreno, donde el artista vivió junto a su esposa Elvira Ponce. Tras permanecer cerrado durante casi dos décadas, el Museo Molina Campos reabrió sus puertas en 2024. A 135 años de su nacimiento, su legado conserva plena vigencia. Con humor, sensibilidad y una mirada profundamente humana, Molina Campos supo retratar un universo de costumbres, paisajes y personajes que hoy constituyen una parte esencial del patrimonio cultural argentino. Fuente: Secretaría de Cultura de la Nación |
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